La
primera columna de Elvira Lindo en El País este año 2013 explora la interesante diferencia entre
caridad y justicia. Lindo menciona todos esos programas televisivos y
reportajes de prensa dedicados a mostrar “la cara de la desgracia” y, en
ocasiones, la respuesta emocionada de algún prójimo que, conmovido, ofrece un empleo,
el dinero para una operación, una vivienda. Elvira Lindo reconoce que, ante la
exposición mediática de esas situaciones, la primera reacción (de comprensión)
deja paso a otra de rabia. Y escribe: “Mal vamos si nos acostumbramos a la
caridad y no a la justicia”. Me ha parecido una reflexión no sólo inteligente
sino también necesaria.
La omnipresente
crisis nos está acostumbrando a articular la caridad como solución ante
problemas que debería solucionar el Estado del Bienestar. No es de recibo que
sean las colectas ciudadanas las que provean los fondos para que una criatura
reciba la atención médica que necesita o para que una familia encuentre un
techo bajo el que cobijarse. Cuando el estado no garantiza los derechos mínimos
de su ciudadanía nos encontramos, no ante una sociedad desarrollada, sino ante
una desestructurada, quebrada, o sin desarrollo. No deberíamos acostumbrarnos a
celebrar la provisión de fondos que algunas personas consiguen gracias a la
ayuda de personas desconocidas sino a exigir que sus necesidades (que otro día
pueden ser las nuestras) sean atendidas por la misma sociedad a la que
pertenecen. Porque, como escribe Elvira Lindo, ese es su derecho.


Ha llovido desde
que, en 2003, Nigel Cole dirigió Calendar
Girl (Las chicas del calendario) y cuya
recaudación se dedicó, en parte, a la lucha contra el cáncer. En la película, basada en hechos reales, unas
maduras vecinas de Yorkshire (Inglaterra) decidían desnudarse para recaudar
fondos para el hospital en el que había fallecido, a causa del cáncer, el
esposo de una de ellas. Su calendario consistió en fotografías de desnudos
artísticos (y algo ñoños) donde se sugería más que se mostraba, con las protagonistas detrás de instrumentos musicales, flores o postres. La iniciativa
alcanzó fama mundial y, supuestamente, habría sido la inspiración de otras
similares por todo el mundo.
En España, los
almanaques más conocidos han sido los que han realizado, casi siempre con poco
o nada de ropa, las mujeres que integran equipos femeninos de diferentes
deportes, ahogadas ante la falta de espónsores. Sin embargo, fue mucho más
mediático el caso de las siete madres de Serradilla del Arroyo (Salamanca) que
en 2008 elaboraron un calendario “erótico” (es decir, desnudas) con el objetivo
de recaudar fondos para construir un centro de ocio para sus hijos/as. No sólo
no recaudaron el dinero previsto sino que, ante las deudas contraídas con la
imprenta, tuvieron que ser rescatadas financieramente ¡atención! por una web de
porno casero. Paradojas del capitalismo.
Este año parece
que han tenido mejor suerte las madres de un colegio de Valencia, cuyo desnudo
ha servido para reclamar un autobús que evite a sus criaturas caminar seis
kilómetros hasta la escuela. A finales de diciembre habían conseguido el dinero
necesario para contratar el autobús durante tres meses. Me pregunto qué
iniciativa afrontarán a partir de abril, cuando se agote el dinero conseguido.
Ya escribía hace poco de lo difícil que es posicionarse ante estas cuestiones. Para muchas
personas, el usar el cuerpo libremente (en este caso desnudo) es una muestra de
la igualdad entre mujeres y hombres que ya se habría conseguido. Sin embargo,
el cuerpo desnudo de las mujeres no está despolitizado, tiene un
significado que, en el seno del patriarcado, hace difícil (o imposible) una
lectura alternativa. Es posible que las haya en otros contextos (el cuerpo
utilizado como recurso para la acción política es un hecho, por
ejemplo, en el arte feminista) pero no para sustituir la falta de justicia. Que las madres
necesiten desnudarse para vender fotografías con las que
asumir los costes de servicios que deberían estar a su alcance es un síntoma
más de una sociedad que retrocede en derechos en general y en los femeninos en
particular.
Por mi parte, a
pesar de comprender la situación personal de esas mujeres y madres, me irrita
profundamente ese juego patriarcal que quizá no han sabido medir. Me irrita en primer lugar por esa equivocación de la maternidad con el coraje. Quizá sería más "rompedor" que se desnudaran los padres, por una vez al menos nos sorprenderían. Pero, obviamente, quien parece que "hace lo que sea" por sus hijos e hijas son solo las madres. Pero, sobre todo me irrita profundamente porque creo, como Elvira Lindo, que los derechos
los tenemos como sujetos. Tremendo sería que solo pudiéramos conseguirlos
mediante la venta de nuestros cuerpos (aunque hay quien lo considera no sólo
positivo sino necesario) y la caridad del prójimo. Y el patriarcado frotándose las manos. En realidad,
la historia es tan antigua (y retrógrada) que sorprende que alguien pretenda
hacerla pasar por moderna (y progresista).
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